Como algunos de vosotros ya sabéis, vivo en Barcelona, una ciudad que, como tantas, apuesta por el transporte público como la solución para vencer las terribles trabas que resultan de circular en coche por la ciudad.En el interior del bus, un letrero que reza “Gaudeix del trajecte” (disfruta del trayecto) pretende que no repare en el sobaco del vecino, apostado justamente frente a mi nariz, ni en la mochila del estudiante que se está restregando por mi ya prominente estómago, tampoco debería notar la presión de un pié sobre el mío propio. La verdad, no debería notar todo eso, estamos en la Barcelona cosmopolita del siglo XXI. La del Forum. La de la torre Agbar resplandeciente de leds iluminando el cielo... Pero... a pesar de todo ello, el sobaco sigue en mi nariz, la mochila en mi estomago y el pié en mi pié. Son las siete y veinte de la mañana, el 43, que ha tardado lo suyo en llegar, va abarrotado de personas que se dirigen a su trabajo y de estudiantes de instituto y eso es así cada día.
Por fin, llego a mi parada. El autobús abre sus puertas y una de ellas choca contra un árbol quedando solamente semiabierta. Una moto aparcada justo en frente me obliga a mí, como a los demás usuarios que comparten mi destino, a hacer una complicada maniobra hasta llegar a una zona despejada de la acera.
Ese árbol, lleva ahí un montón de años. La moto casi también. Y un día más llego, agobiado, eso sí, a la conclusión de que “ellos”, los que deberían arreglar todo esto no “disfrutan del trayecto”, puesto que posiblemente desconocen que significa subir a un autobús en horas punta sorteando obstáculos.
Barcelona, 20 de octubre de 2005

