El verano sigue avanzado. Conecto el televisor y me alejo en dirección a mi dormitorio a ponerme las zapatillas. De repente, oigo un alarido que resuena por toda mi casa. Me dirijo corriendo al comedor, que es de donde me ha parecido provenía el horrible grito.
¡Ha sido la tele!. En TV3 emiten Cantamanía. Un tío más feo que pifio está emulando al cantante de Sau. Todo parecido con la realidad es pura coincidencia. Mis tímpanos son incapaces de resistir esa sarta de sonidos guturales absolutamente desafinados a los que los locutores del programa llaman “cantar”. El público, del mismo pueblo que el verdugo, aplaude histérico como si el pollo en cuestión hubiese hecho la actuación de su vida mientras yo me retuerzo de dolor, de oídos y de vientre, porque los bramidos que salen de la caja tonta me están haciendo más efecto que el Activia ese al Coronado.
Apago la tele. No puedo más. El sudor corre por mi frente y comienzan las preguntas:
¿Cómo es posible que permitan que un impresentable así tenga un espacio en la televisión que pagamos todos?.
¿Que pasa, que en verano vale todo?.
¿No tenemos ya bastante con el calor y los incendios que encima tienen que mortificarnos CADA DIA con el mencionado programilla?.
Claro, que si cambiamos de canal, no se yo... Si no encuentras tres especiales dedicados a los chorizos marbellíes te están metiendo refritos de series que ni en su estreno tuvieron ningún tipo de interés.
Las preguntas se suceden:
¿Quién me habrá mandado a mi conectar la tele, con lo feliz que era yo leyendo los correos de mis amigos?.
¿Para que narices me habré comprado yo el TDT?.
Al final una luz. ¡El TDT ha valido la pena, el domingo a las tantas de la noche emiten 24!.


